Luego de sufrir por tres horas un dolor intestinal terrible en el autobús el cielo despertó. La Malinche a lado izquierdo. Intenté buscar el Popocatépetl y el Izctaccíhuatl, pero quedaban muy atrás para ser contemplados desde el penúltimo asiento del lado derecho del autobús. Bajé en medio del tumulto de la gente que suele levantarse en cuanto el autobús se detiene, la emoción de ver la silueta de las montañas que crecí viendo desde prácticamente cualquier esquina del barrio donde vive mi familia me volvió imprudente y empujé, no por molestar, a más de una persona cuando bajé del autobús de clase media abarrotado en el que viajé.
El aire mucho más frío que en Guadalajara me inyectó todavía más ganas de ver de nuevo las calles de Puebla. Salí de la central de autobuses y atravesé el puente que está en el boulevard Norte, justo a la entrada de la CAPU, puente viejo y con tres pordioseros vetustos encostrados en el piso. Me detuve a contemplar desde allí la pareja de volcanes, ella, con la sábana de nieve cubriendo más abajo de donde la ilusión de su cuerpo se vuelve sólo piedra lejana, él, encorvado, lanzando una fumarola perfectamente redonda y espesa como el aire con denso humo y olor a aceite de carros que despiden los microbuses que atascan esa zona por las mañanas.
Tomé el autobús que me lleva a casa de mis papás, sentía un frío terrible pero lo único que traía para cubrirme estaba sepultado al fondo de la maleta. Me senté en el asiento de en medio de la última fila. Cuando una señora iba a bajar y tocó el timbre en el techo del cacharro aquél le pensé una mentada al chófer por abrir la puerta mucho antes de que se detuviera(recordé que eso lo hacen todos los choferes en Puebla. La mentada alcanzó más dedicatorias). Una señora sentada a lado me miró fijamente por un rato al ver que alto, con una playera de cannibal corpse, sin chamarra a las siete de la mañana, con una maleta verde vieja y una mochila tal vez muy pequeña para mi estatura, sonreía y daba leves pisoteos llevando el ritmo de la canción que llevaba en los audífonos.
Apenas bajé en la esquina de la calle donde viví 24 años pasaron en dos coches dos hermanos que conocí en la preparatoria y con quienes más tarde en algunos tokines en diversos bares platiqué y brindé (nunca me gustó su estilo de tocar, pero siempre me cayeron muy bien). Me saludaron sorprendidos cada uno en su auto. Ninguno se detuvo. Estaba entrando a la mi calle, la que alguna vez un amigo me dijo “¡hermano, no mames!¡ Te juro que esta es la calle más culera de Bosques!”. En efecto, hay muchísimos coches estacionados sobre ambas aceras (arriba y abajo), un taller mecánico improvisado afuera de la casa del hijo del primer mecánico que allí vivió, las casas de un lado se ven demasiado cerca unas de las del otro con respecto al resto de las calles, hay baches a cada tres pasos, un par de perros ladrando y muchas protecciones en puertas y ventanas.
Por asuntos de la inseguridad creciente debo abrir dos rejas antes de poder subir a la casa de mis padres. Legué. Le di un fuerte abrazo a mi madre. “Te dije que te trajeras algo de tapar”, dijo mientras no podía parar de sonreír de sólo verme allí enfrente. “Adelgazaste, ¿tienes hambre, te traigo una chamarra, tienes sueño, qué tal el viaje?”. Yo quería decir que sí a todo, pero luego del sí, sin pensarlo dije “tengo hambre”.